viernes, 14 de julio de 2017

La Rama

Canta en la punta del pino
un pájaro detenido,
trémulo, sobre su trino.

Se yergue, flecha, en la rama,
Se desvanece entre alas
y en música se derrama.

El pájaro es una astilla
que canta y se quema viva
en una nota amarilla. 

Alzo los ojos: no hay nada.
Silencio sobre la rama
sobre la rama quebrada.


Octavio Paz

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viernes, 7 de julio de 2017

Malferida iba la garza


Malferida va la garza
enamorada:
sola va y gritos daba.
Donde la garza hace su nido,
ribericas de aquel río,

sola va y gritos daba.

Anónimo

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viernes, 30 de junio de 2017

Si los delfines

Si los delfines
mueren de amores,
¡triste de mí!
¿Qué harán los hombres
que tienen tiernos
los corazones?
¡Triste de mí!

¿Qué harán los hombres?

Anónimo

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viernes, 23 de junio de 2017

La cierva

Doliente cierva, que el herido lado
de ponzoñosa y cruda yerba lleno,
buscas el agua de la fuente pura,
con el cansado aliento y con el seno
bello de la corriente sangre hinchado,
débil y decaída tu hermosura:
¡Ay! que la mano dura
que tu nevado pecho
ha puesto en tal estrecho,
gozosa va con tu desdicha, cuando,
cierva mortal, viviendo, estás penando
tu desangrado y dulce compañero,
el regalado y blando
pecho pasado del veloz montero;

Vuelve cuitada, vuelve al valle, donde
queda muerto tu amor, en vano dando
términos desdichados a tu suerte.
Morirás en su seno, reclinando
la beldad, que la cruda mano esconde
delante de la nube de la muerte.
Que el paso duro y fuerte,
ya forzoso y terrible,
no puede ser posible
que le excusen los cielos, permitiendo
crudos astros que muera padeciendo
las asechanzas de un montera crudo,
que te vino siguiendo
por los desiertos de este campo mudo.

Mas ¡ay! que no dilatas la inclemente
muerte, que en tu sangriento pecho llevas,
del crudo amor vencido y maltratado;
Tú con el fatigado aliento pruebas
a rendir el espíritu doliente
en la corriente de este valle amado.
Que el ciervo desangrado,
que contigo la vida
tuvo por bien perdida,
no fue tampoco de tu amor querido,
que habiendo tan cruelmente padecido,
quieras vivir sin él, cuando pudieras
librar el pecho herido
de crudas llagas y memorias fieras.

Cuando por la espesura deste prado
como tórtolas solas y queridas,
solos y acompañados anduvistes
cuando de verde mirto y de floridas
violetas, tierno acanto y lauro amado,
vuestras frentes bellísimas ceñistes;
cuando las horas tristes,
ausentes y queridos,
con mil mustios bramidos
ensordecistes la ribera umbrosa
del claro Tajo, rica y venturosa
con vuestro bien, con vuestro  mal sentida;
cuya muerte penosa
no deja rastro de contenta vida.

Ahora el uno, cuerpo muerto lleno
de desdén y de espanto, quien solía
ser ornamento de la selva umbrosa,
tú, quebrantada y mustia, al agonía
de la muerte rendida, el bello seno
agonizando, el alma congojosa;
cuya muerte gloriosa,
en ,los ojos de aquellos
cuyos despojos bellos
son victorias del crudo amor furioso,
martirio fue de amor,  triunfo glorioso
con que corona y premia dos amantes
que del siempre rabioso
trance mortal salieron muy triunfantes.

Canción, fábula un tiempo, y caso ahora
de una cierva doliente, que la dura
flecha del cazador dejó sin vida,
errad por la espesura
del monte, que de gloria tan perdida
no hay sino lamentar su desventura.


Francisco de la Torre

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viernes, 16 de junio de 2017

Canción de la Primavera

Ya vuelve la primavera:
suene la gaita, -ruede la danza:
tiende sobre la pradera
el verde manto- de la esperanza.

Sopla caliente la brisa:
suene la gaita, -ruede la danza:
las nubes pasan aprisa,
y el azur muestran- de la esperanza.

Sopla la flor ríe en su capullo:
suene la gaita –ruede la danza:
canta el agua en su murmullo
el poder santo- de la esperanza.

¿La oís que en los aires trina?
Suene la gaita-ruede la danza:
-“Abrid a la golondrina,
que vuelve en alas –de la esperanza.-“

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Niña, la niña modesta:
suene la gaita, -ruede la danza:
el mayo trae tu fiesta
que el logro trae –de tu esperanza.

Cubre la tierra el amor:
suene la gaita, -ruede la danza:
el perfume engendrador
al seno sube –de la esperanza.

Todo zumba y reverdece:
suene la gaita, -ruede la danza:
cuando el son y el verdor crece,
tanto más crece -toda esperanza.

Sonido, aroma y color
(suene la gaita, -ruede la danza)
Únense en himnos de amor,
que engendra el himno –de la esperanza.

Morirá la primavera:
suene la gaita –ruede la danza:
mas cada año en la pradera
tomará el manto  -de la esperanza.

La inocencia de la vida
(calle la gaita, -pare la danza)
no torna una vez perdida:
¡Perdí la mía! -¡ay mi esperanza!

Pablo Piferrer




jueves, 8 de junio de 2017

El estío

Mayo recoge el virginal tesoro;
desciñe Flora su gentil guirnalda;
la sombra busca el manantial sonoro
del alto monte en la risueña falda;
campos son ya de púrpura y de oro
los que fueron de rosa y esmeralda;
y apenas riza su corriente el río
a los primeros soplos del Estío.

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El soto ameno y la enramada umbrosa,
el valle alegre y la feroz ribera,
con voz desalentada y cariñosa
despiden a la dulce Primavera;
muere en su tallo la inocente rosa;
desfallece la altiva enredadera;
y en desigual y en tenue movimiento
gime en el bosque fatigado el viento.

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Por la alta cumbre del collado asoma
la blanca aurora su rosada frente,
reparte perlas y recoge aroma;
se abre la flor que su mirada siente;
repite los arrullos la paloma
bajo las ramas del laurel naciente;
y allá por los tendidos olivares
se escuchan melancólicos cantares.

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Del aura dócil al impulso blando
la rubia mies en la llanura ondea;
del dulce nido alrededor volando
la alondra gira y de placer gorjea;
las ondas de las fuentes suspirando
quiebran el rayo de la luz febea,
y en delicados mágicos colores,
el fruto asoma al expirar las flores.

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Sobre los montes que cercando toca
la niebla tiende su bordado encaje;
desde el peñón de la desierta roca
lánzase audaz el águila salvaje;
el seco vientecillo que sofoca
cubre de polvo el pálido follaje;
y por el monte y por la vega umbría
crece el calor y se derrama el día.

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Y en el árido ambiente se dilata
la esencia de la flor de los tomillos,
y lento el río su raudal desata
entre mimbres y juncos amarillos;
y si al cubrir sus círculos de plata
con sus plumeros blandos y sencillos
la caria dócil la corriente roza,
trémula el agua de placer solloza.

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Del valle en tanto en la pendiente orilla
manso cordero del calor sosiega;
se oyen los cantos de la alegre trilla;
suenan los ecos de la tarde siega;
ardiente el sol en el espacio brilla:
el azul su majestad despliega,
y duermen a la sombra los pastores,
y se abrasan de sed los segadores.

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Presta sombra a la rústica majada
la noble encina que a la edad resiste;
en su copa de fruto coronada
la vid de verde majestad se viste;
a su pie la doncella enamorada
canta de amor, pero su canto es triste,
que, en el profundo afán que la devora, 
amores canta porque celos llora.

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Y el eco de su voz, dulce al oído
más que el tierno arrullar de la paloma,
por el monte y el valle repetido,
tristes, confusas vibraciones toma;
y en las ondas del aire suspendido
se escapa al fin por la quebrada loma,
y sin que el aura devolverlo pueda
todo en reposo y en silencio queda.

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Mudas están las fuentes y las aves;
no circula ni un átomo de viento;
cortadas por el sol lentas y graves
caen las hojas del árbol macilento;
tenue vapor en ráfagas suaves
se levanta con fácil movimiento,
y mezclado en la luz su sombra extraña,
va formando la nube en la montaña.

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Hinchada, al fin, soberbia, se desprende
del horizonte azul la nube densa,
y el fuego del relámpago la enciende,
y gira por la atmósfera suspensa,
y ya sus flancos inflamados tiende,
ya el vapor de su seno se condensa.
Y soltando el granizo en lluvia escasa
la rompe el trueno, y se divide y pasa.

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Y el sol que se reclina en Occidente
de su encendido manto se despoja.
Y en los blancos celajes del Oriente
se pierde el rayo de su lumbre roja.
Brilla la gota de agua transparente
detenida en el polvo de la hoja,
y tendiendo el crepúsculo suplanta
del fondo de los valles se levanta.

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Como el ensueño dulce y regalado
que en la fiebre de amor templa el desvelo,
vertiendo en nuestro espíritu agitado
la misteriosa esencia del consuelo;
así por el ambiente reposado
de estrellas y vapor bordando el cielo,
breves y llenas de feraz rocío
cruzan las noches del ardiente Estío.

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Y en tristes ecos el silencio crece,
y en tibio resplandor la sombra vaga;
la luz de las estrellas se estremece
y en el limpio raudal brilla y se apaga;
Naturaleza entera se adormece
en el hondo placer que la embriaga,
y lleva el aura en vacilantes giros
besos, sombras, perfumes y suspiros.

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Más puro que la tímida esperanza
que sueña el alma en el amor primero,
su rayo débil desde Oriente lanza,
sol de la noche, virginal lucero;
triste y sereno por el cielo avanza
de la cándida luna mensajero,
por ella viene y suspirando ella
síguele en pos enamorada y bella.

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Cuantos guardáis la tímida inocencia
que a la esperanza y al amor convida;
los que en el alma la impalpable esencia
de su primer amor lloráis perdida;
cuantos con dolorosa indiferencia
vais apurando el cáliz de la vida;
todos llegad, y bajo el bosque umbrío
sentid las noches del ardiente Estío.

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Las del tirano amor, desengañadas,
pálidas y dulcísimas doncellas,
vosotras que lloráis desconsoladas
sólo el delito de nacer tan bellas;
mirad entre las nubes sosegadas
cómo cruzan el cielo las estrellas;
que no hay duda, ni afán, ni desconsuelo
que no se calme contemplando  el cielo.

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Y tú, tierna a mi voz, blanca hermosura,
fuente de virginal melancolía,
más hermosa a mis ojos y más pura
que el rayo azul con que despunta el día;
corazón abrasado de ternura,
espíritu de amor y de armonía,
ven y derrama en el tranquilo viento
el ámbar delicado de tu aliento.
 Resultado de imagen de primer rayo de sol
La dulce vaguedad que me enajena
aumenta la inquietud de mi deseo;
tu voz perdida en el ambiente suena;
donde mis ojos van tu sombra veo;
de amor y afán mi corazón se llena
porque en tu amor y en mi esperanza creo;
y así suspende el sentimiento mío
la tibia noche del ardiente Estío.

 Resultado de imagen de primer rayo de sol

Noche serena y misteriosa, en donde
dormido vaga el pensamiento humano,
todo a los ecos de tu voz responde,
la mar, el monte, la espesura, el llano;
acaso Dios entre tu sombra esconde
la impenetrable luz de algún arcano;
tal vez cubierta de tu inmenso velo
se confunde la tierra con el cielo.


José Selgás

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